Cuento ganador del concurso: Navel-Lane-Late de cuentos 2010
Ya no os hacemos esperar más. Sabemos que tenéis muchísimas ganas de leerlo. Así pues, sin mas dilación, disfruten y entreténganse con el cuento ganador del concurso Navel Lane Late de cuentos 2010 organizado por DirectNaranjas.com.
Autor: Sonia Nanclares Vales desde Bilbao. Bizkaia. Título Cuento:
El dedo de azúcar

Un kilo de harina, medio de azúcar, 300 gramos de mantequilla, levadura, dos naranjas y una pizca de sal. Ya está. Lo tengo todo.
Desde la ventana de la cocina visto el viejo puerto semioculto tras la niebla. El suave rumor de las aguas lamiendo el casco de las barcazas llena mi cabeza de recuerdos, de historias de marineros, de cuentos de sirenas y de sal. El sol apenas brilla entre la bruma y las casas blancas del pueblo parecen desperezarse estirando ladera arriba sus extremidades hechas de tejas y chimeneas. Me gustan las horas silenciosas del amanecer. El mar y yo, nada más.
En fin, voy a lo mío, que ya es hora. Agregar la harina a la mantequilla, añadir el azúcar y pelar las naranjas. Esta es mi parte preferida, la de pelar las naranjas. Su olor me lleva al desvencijado patio de la casa de mis padres y hace que me crezcan dos trenzas y unos calcetines blancos. Me viste de nuevo con una faldita escocesa y una camisa blanca con vainica en los puños. Me hace jugar al truquemé. Las naranjas, sí… cuando las corto transversalmente crecen soles en la mesa de mi cocina y el día se inunda de luz. Recuerdo entonces veranos, bikinis y amores estacionales, tortillas llenas de arena y pies devorados por las sensuales lenguas de agua que mueren en las orillas de la playa. Y recuerdo a Julio, mi hijo, que se fue un día de verano de hace ocho años y, desde entonces, se ha convertido en carta, papel y boli y frases más o menos hechas, mi hijo que navega y viaja con el mar, como yo con las naranjas. Pero, ¿qué hago? Casi lo olvido… voy a añadir la levadura. Después lo dejaré reposar un buen rato.
Ahí va doña Clara. A misa, seguro. Pasa por delante de la ventana de mi cocina y me saluda sin mirarme, con el brazo en alto, de negro riguroso y el severo moño bien apretado contra la nuca. Ella es la primera. Detrás vendrá todo el pueblo. Ellas, con sus collarcitos de perlas y sus desfasados zapatitos de tacón. Ellos, con el rostro bicolor: acartonado y cobre de cejas para abajo y rosado en la frente, justo en la zona que, durante toda la semana, excepto hoy, llevan protegida por sus boinas. Después se reunirán en la plaza y comentarán que Jaime, el hijo de don Carlos, el médico, se ha trasladado definitivamente a la capital. Es la comidilla de la semana. También hablarán de que, un domingo más, no se me ha visto en el oficio. Pero esa es la comidilla de todo el año. En algo tienen que entretenerse, supongo, y la vieja descreída es lo mejor. Eso y mi hijo, claro, “el chico raro”. Bueno, voy a encender el horno, que esto ya está listo para el fuego. Don Carmelo se va a chupar los dedos. Si viene.
Ya huele… mantequilla y naranja. Adoro este olor. Con él viajo a las tardes en que Ricardo empezó a quererme, a los domingos en que el mar me lo devolvía sediento y cansado y yo aliviaba su sed con mi carne y su cansancio con bizcochos. Recuerdo sus manos como esparto y el ralo cabello lleno de brisa y sal. Recuerdo sus ojos pequeños y esa lagrimilla que siempre colgaba de ellos. Recuerdo sus cataratas. Y cómo silbaba por las mañanas. Y cómo miraba furtivamente mi barriga cuando Julio estaba en camino y preguntaba, preocupado, si no vendrían dos en lugar de uno. Pero recuerdo sobre todo aquella tarde negruzca en que el mar se convirtió en improvisado matarife y ya no hubo más manos, ni más sed, ni más cansancio ni más ojos que me miraran. Ya no hubo lagrimillas ni cataratas. Mi pastel de aquel día esperó una semana en el alfeizar de la ventana, “no sea que vuelva y traiga hambre atrasada”. Pero el dulce, al fin, fue pasto de las gaviotas que se disputaban los trozos de naranja, los soles pequeños de aquella tarta amarga. Y ya no hubo más misas, no para mí, que no tenía nada que agradecer ni que pedir. Pero eso sólo lo entiende don Carmelo, el cura nuevo, por eso viene todos los domingos a tomar el café conmigo. El café y el bizcocho… ¡El bizcocho! Madre mía, me atonto con cualquier cosa. Casi se me olvida. Hundiré la aguja en el lomo anaranjado del pastel. A ver… sale limpia. Está listo.
A mí Julio también le gustaba mi bizcocho de naranja. “El pastel dorado” lo llamaba. ¿Dónde estará ahora? Este hijo mío tan inquieto, tan loco, tan distinto… Nada que ver con el resto. A mi Julio la pesada quietud del pueblo le entumecía el alma, le aflojaba las ganas, lo derribaba. Por eso vagabundea y busca aquí y allá, por eso recorre sin parar la tumba de su padre. Por eso prueba y se prueba. Para que la rutina no lo atrape, para que la costumbre no lo encierre. Lo recuerdo de niño, los domingos, cuando preparábamos pasteles… Le gustaba hundir sus manitas en la leche y hacerlas desaparecer después dentro del azucarero. Luego se chupaba los dedos uno a uno. Yo le decía que aquello no era bueno, que bastaba de dulce, pero él me ofrecía riendo un dedo índice escarchado y yo no podía resistirme. “Es tu dedo”, decía y esperaba a que yo lo chupara, a que mi lengua le hiciera sentir cosquillas que a duras penas podía soportar. Pero, ¿qué hora es? El pastel debe estar tibio aún. Me gusta comer un trocito cuando todavía está así.
Mmmm… ¡qué delicia! Pero, ¡vaya! ¡Qué sorpresa! El sol me da de lleno y no veo muy bien… aún así, juraría que aquel que se acerca por el camino de gravilla es don Carmelo. Se adelanta un par de horas, como mínimo ¡Habrá olido mi pastel desde la plaza! Don Carmelo me recuerda a mi hijo, tan distinto de los demás, tan libre, tan inquieto. Debo estar perdiendo facultades porque lo veo más alto que otros días. Lleva una gorra nueva y hay algo extraño en su manera de moverse. Pero… esto sí que es raro… ha llegado a la cancela y no me ha saludado. Siempre hace sonar la campanita y levanta una mano para hacerme saber que es él quien se acerca. Ah! Ya levanta la cabeza. Me sonríe… pero… no es don Carmelo… ¿Julio? ¿Hijo? ¡Mi Julio! Me arreglo de dos manotazos el pelo y me aliso la pechera de la vieja bata de casa. Leo en tus labios “mamá”. ¡Hijo! Casi no recordaba tu rostro. Te quitas la gorra. Ahora te veo bien. Sacas la mano derecha del bolsillo de tu cazadora y, desde el umbral, extiendes hacia mí tu dedo de azúcar. ¡Mi hijo ha vuelto! ¡Mi hijo está en casa! Hoy mi bizcocho será más dulce que nunca.












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