Raphael cantó en nuestra ribera del Júcar
Las ocho y media de la noche, Alcira. Un público inquietante, espera con gran ansia sentado en su cómoda butaca. Y bajo esa inquietud palpitante, de repente, se apagan las luces. Un pétreo silencio inunda el antiguo y precioso Gran Teatro alcireño cuando una sombra negra avanza sobre el escenario: el gran Raphael, y antes de que prorrumpa una leve nota, el público, enloquecido al verle, estalla con un aclamado aplauso. Y Raphael, protegido por tanto cariño, entona una de sus canciones a capela, y sin micrófono. Como los cantantes de antaño.
Así comenzó un concierto digno de alabar. Los seguidores de Raphael, realmente lo quieren: todo el público levantíndose a cada canción, las manos doloridas de tanto aplauso. Y él, ¡ay él!, como un jovencito de veinte años (que es todo menos eso), estuvo al pié del cañón, cantando canciones de toda la vida, canciones que le siguieron a lo largo de los años, creando un pliégalo de admiradores y que han ayudado a enamorar a miles de felices parejas.
Y aunque muchos imitadores se han reído de Raphael, de los que él se rió en el concierto, la calidad se ve en las tablas de cuarenta años de experiencia. Como la calidad de las naranjas de DirectNaranjas.com, cuya experiencia en el cultivo del regio naranjo se remonta a mís de un siglo.
La huerta valenciana, en la zona de la ribera del río Júcar, tuvo un aura de excelsitud esa noche fría de febrero, excelsitud que tuvo su foco en el Gran Teatro de Alcira, en el escenario. Un hombre vestido de negro, desde allí, cantaba a nuestras naranjas, y éstas, ante tan dulce canto, se engordaban y endulzaban.
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